El halcón de cola roja

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El halcón de cola roja

I

Su risa provocó una reacción inesperada, todo a su alrededor quedó callado durante unos segundos, ni la respiración de los parroquianos que decoraban el ambiente ni el aleteo de las moscas que se merendaban la tortilla de patatas ni el portazo que pegó su padre Ezequiel, pudo oírse. La risa de Esteban de pronto se tornó en sonrisa forzada, para pasar inmediatamente a mueca de dolor o eso le pareció a él al recordarlo con los años, para convertirse a la velocidad de un galgo que persigue a su presa por el prado desnudo, en llanto amargo, de difícil control. Todos los presentes fijaron sus ojos en él, de pronto la quietud se transformó en confusión, unos comenzaron a gritar, otros se llevaban las manos a la cabeza como intentando sujetársela con firmeza por si también se les fugaba volando y, sobre todo, nadie comprendió jamás por qué su primera reacción fue la de reventar en carcajadas.

Esteban sólo tenía nueve años aquel mayo del 62, puede que sólo por eso su estado de ánimo pasara tan aprisa de la alegría al desconsuelo y no porque entendiera a ciencia cierta lo que acababa de suceder o porque su futuro se vería envuelto a partir de entonces en incertidumbre e inseguridades extremas o porque la visión que acababa de presenciar lo perseguiría eternamente hasta su lecho de muerte, por no haberlo descifrado a tiempo, por no haber hecho nada por evitarlo.

Aunque en el fondo nadie tenía la culpa de que Elena, su madre, conversara con seres extraños, invisibles y numerosos que deambulaban por los rincones de la casa y que nadie podía ver más que ella. Su ausencia de madre la transportaba desde el día en que él nació, porque ese día, Elena, entraría para siempre en un mundo exclusivo al que nadie tendría acceso.
Su depresión postparto de la que nunca se repondría, porque desencadenó en psicosis obsesiva compulsiva, la tendría alejada de las conversaciones triviales del resto de los mortales para siempre.

Pero aquél día, el de la primera comunión de su único hijo, parecía tan feliz, bien camuflada en el paisaje, con su vestido de colores alegres, su collar de perlas australianas y sus ojos esmeralda más vivaces que nunca, que nadie hubiese pensado que haría una cosa semejante.

II

Mamá se levantó temprano como cada mañana, y yo con ella, porque estaba tremendamente nervioso. Papá le preparó el desayuno, a mí no me hizo nada porque decía que aquél día debía ayunar, así que el gran tazón de leche con cereales tuvo que esperar para la mañana siguiente. A mamá le preparó una infusión de hierbas aromáticas con tostadas, untadas en dorada mantequilla, que acompañó con una hilera de pastillas multicolor y que yo me hubiese comido de golpe, porque las tripas me sonaban como una gran tamborrada aragonesa. Permanecí en silencio sentado a su lado, contemplando absorto su masticar lento y pausado, a la vez que la oía musitar una retahíla de frases que para mí no significaban nada, a las que verdaderamente no les prestaba demasiada atención porque mi mente estaba volando en ese momento lejos de allí, concretamente se situaba en los regalos, en la gran fiesta que me esperaba tras digerir mi primer alimento del día, mi primera y única hostia consagrada.

Papá dispuso cuidadosamente la vestimenta de los tres como hacía siempre. A mí me hizo cepillarme los dientes concienzudamente aunque no había probado bocado y cuando estuvimos todos preparados bajamos al garaje, a coger el coche para dirigimos a la iglesia. Allí nos esperaban amigos y familiares, todos con sus flamantes trajes de domingo, cámaras fotográficas en mano, nos metimos todos juntos en el templo para que yo recibiera límpido a Dios en cuerpo y alma. Un Dios al que luego odié hasta la eternidad, al que dejé cadáver y no le dirigí la palabra nunca más, no por no parecerme a mi madre y hablar con seres incorpóreos, sino porque no hizo nada por intervenir en el plan que rondaba la mente de mamá.

El verano anterior habíamos estado toda la familia de vacaciones durante dos semanas. Concretamente fuimos al Parque Nacional de Exmoor, situado sobre el canal de Bristol, al suroeste de Inglaterra. Mamá quería ver de cerca los halcones de cola roja, es cierto que dónde hay más y mejor se ven, es en los Estados Unidos, pero papá decía que no había dinero para tanto. Nunca entendí aquella lucidez que pareció invadirla de pronto. De buenas a primeras se interesó por algo, la cetrería, cosa rara. Se pasaba el día entero recortando fotografías de aves que luego pegaba cuidadosamente en un cuaderno de pastas azul celeste cielo. Era su tesoro más preciado, nadie podía tocarlo, si no lo encontraba en su sitio, deambulaba como loca hasta que papá se lo ponía entre las manos y entonces se pasaba las horas muertas contemplándolo.

A mí me hubiese gustado más ir a Africa. A papá también, pero decidió darle el capricho. Los animales de cuatro patas nos parecen a los dos más alucinantes. Ver en directo el galopar de una gacela hubiese sido fantástico. Papá decía que algún día iríamos, no cazaríamos, por supuesto, porque los dos estamos en contra de matar animales, pero sí los perseguiríamos por la selva para buscar la mejor instantánea. Nunca fuimos, yo creo que ya nunca iré, sobre todo ahora que papá sucumbió a permanecer en este mundo.

Mamá llegó a obsesionarse tanto con las aves que a veces se creía una de ellas. En casa, cuando veía en la tele algún documental de los muchos que le grabábamos en cintas de vídeo, se levantaba repentinamente del sofá y comenzaba a batir sus brazos a modo de alas y se paseaba por la habitación expulsando sonidos cortos y agudos, similar al que hacen las palomas.  Aquello le duró algunos meses, luego se quedó en letargo como los osos permanecen en el frío invierno, puede que el aumento de pastillas multicolor que el doctor que la trataba recomendó, hubiesen intervenido en el proceso.

No sé, nadie lo sabe, lo que sí comprendo ahora es la desolación en la que estaba sumida, quizás sufría quizás no, eso ya es demasiado tarde para averiguarlo.

Pero aquella mañana de mi primera comunión, mamá se levantó feliz, desayunó feliz, me acompañó a la iglesia feliz, regresamos a casa familiares y amigos para disfrutar del banquete con la misma felicidad con la que los animales salvajes parecen estar en sus jaulas del zoo, a resguardo de sus depredadores. Aquella mañana mamá me pertenecía en cuerpo y alma, como creía que yo le pertenecería in aetérnum a Dios en cuerpo y alma. Pero el cuerpo es una cosa y el alma no existe. Igual que no existe Dios. Mi felicidad se truncó al soltar esa estúpida carcajada al ver a mamá salir volando por el balcón, con sus brazos abiertos intentando encaramarse hasta el horizonte. Papá corrió escaleras abajo tras ella, pero no llegó a alcanzarla. Ya se sabe que el vuelo del halcón es superior que el trotar de las gacelas. Y cuando llegó a la calle la encontró con sus alas quebradas y una gran cola roja decorando el sucio suelo.

 halcón

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La carta 

Madrid, 12 de diciembre de 1997

Querida Luisa: un par de líneas para comunicarte que dentro de cuatro días estaré allí. Acabo de recibir la carta de despido en la empresa, por lo que es innecesario que permanezca más días en esta ciudad, que precisamente no es que me recibiera con los brazos abiertos, pero sí es verdad que poco a poco nos fuimos acostumbrando mutuamente, yo a pisarla, ella a soportar mi peso, y hoy, podría decirte que hasta incluso la añoraré cuando la deje para siempre. Espero que tengas las mismas ganas de verme como yo a ti. CAM01058Estos años han sido muy largos para resumirlos en tan breve documento, sobre todo por nuestra separación, por no tenerte a mi lado, pero nos queda el resto de la vida para contárnoslo todo, para estar siempre juntos. Sin más recibe un fuerte beso, el abrazo te lo daré cuando llegue. Te quiero: Antonio.

Luisa cayó en la cuenta que la carta estaba fechada el día doce, ya estábamos a dieciséis por lo que quedaban pocas horas para que su antiguo amante apareciera por el umbral de la puerta y reventara el timbre, como solía hacer cada vez que llamaba, así que recogió en una bolsa de viaje lo que pudo, que fue bien poco por cierto, porque lo metió todo arrugado, mezclado, revuelto, sin orden ni concierto y en esas circunstancias la capacidad de una pequeña maleta se limita bastante, vistió a toda prisa a su nuevo amante y puso pies en polvorosa dando un portazo tras sí, al tiempo que echaba la llave pegaba un cerrojazo a su pasado, aunque bien es cierto, que desde que Antonio se fue, lo creía ya olvidado.

La carta